
Ayer a las nueve, como media España, o ente llamado España, me senté delante del televisor para ver el partido de la selección nacional, con perdón. Lo que se suponía que iba a ser un partido sin sufrimiento en el que se iba a ganar de goleada, pronto se convirtió en lo de siempre; marcador en contra ante una selección mediocre que sólo defiende, remates y más remates contra la portería rival y el famoso
jugamos medio qué pero perdemos como siempre rondando por mi cabeza. Los delanteros no dan la talla ante situaciones sólo un poco complicadas, el entrenador no tiene ni idea, ¿cómo pretende arreglar esto metiendo al acabado Raúl y al abúlico Joaquín?,así no llegamos ni a cuartos. Mentones que rozan greses, terrazos, mármoles o tarimas flotantes, eso ya depende del poder adquisitivo de cada uno.
Pero se hizo la luz. Entró el primer gol, luego el segundo y luego el tercero ( como es lógico, por un partido no se iba a cambiar el orden de aparición de los números ordinales). ¿ Dónde están ahora los que rajan de Raúl?, siempre tiene que ser titular. Joaquín tiene eso, que revoluciona cualquier partido a base de bicicletas y regates sobre sí mismo. Torres, un delantero como la copa de un pino, ¡qué digo el nueve de España!, ¡el nueve del mundial!. El viejo cascarrabias pasa a convertirse en el
Sabio de Hortaleza. Alaridos que rompen litronas, vasos, jarras o finas copas de cristal de Bohemia, eso ya...
Colar la "peotita", como vocalizaba el del chiste del mago con el que nos deleitó mi amigo Antoñito, nos hace pasar de un estado de ánimo a sus antípodas en cuestíon de minutos. Es un juego estúpido, tosco e impreciso, pero "mos gusta", como diría el otro.